Somos mar en todas partes

Un trozo de mar invade nuestros ojos y a veces ni siquiera nos percatamos. Pero en Cienfuegos cada mirada tiene su propio azul. Una sábana de agua que no marchita y está ahí siempre para contemplarla. Desde los balcones de los edificios, desde los patios y terrazas de las casas, o desde las calles que transitamos diariamente, sin reparar, a lo lejos, en la existencia de la bahía que nos dio a luz.

La ciudad que somos, 202 años después de ser fundada aquel 22 de abril de 1819, solo se explica, entonces y ahora, en relación con el fragmento de océano que nos tocó para vivir. Nació de la fascinación por un paisaje natural único y exuberante, con amplias posibilidades de desarrollo, y tras más de dos siglos es la respuesta a todo el esplendor que alcanzó y heredamos a lo largo del tiempo. El mar define cada arteria que comenzó a desperdigarse por la fisonomía de la antigua colonia Fernandina de Jagua.

Sus majestuosas edificaciones pactan armoniosamente con la bahía que las resguarda. Ese patrimonio de estilos arquitectónicos diversos y de avenidas rectas y uniformes, expresión de las ideas modernas de la época, adquiere sentido junto al manto de salitre que lo abriga. La Catedral, el Ayuntamiento, el Palacio Ferrer, el Club Cienfuegos, el Palacio de Valle, son monumentos admirables sin necesitar más, pero sublimes en el noviazgo de sus cúpulas con el espejo de agua donde se avistan.

Esa magia desprenden los espacios cercanos e íntimos que han resistido hasta hoy el oleaje de los años. El Muelle Real, viejo y desgastado, regala desde su espigón una de las vistas más paradisíacas de la urbe, mientras los pescadores acopian carnadas y los turistas se afanan en captar la mejor de las fotos. Allí, como en el Malecón, los atardeceres parecieran reservados a las parejas que calculan sus besos para el instante en que el sol despide el día. Ningún otro muro ha sido tan afortunado en cuestiones de amor.

Somos mar en todas partes, y nosotros mismos somos mar. Así como resulta imposible pensar en Cienfuegos sin litoral, tampoco se justifican nuestras vidas sin el ir y venir de las olas. La bahía nos construye y distingue. Fue la razón para edificar un sueño y deviene inspiración para cuidarlo. A ella confiamos alegrías y esperanzas, cantos de poetas y trovadores. Es cuna y regazo, memoria y futuro. Alma de una ciudad que no deja de cautivarnos al paso de 202 abriles.

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