La alegría de ser cubano

Viva cuba

Viva cubaPor: Tomado de Cubadebate.
30  de diciembre de 2011.

No sé a usted, pero a mí me gusta lo cubano. Amo lo cubano. Siento a lo cubano. Cuando alguien pronuncia Cuba, a mí se me eriza el alma, se me emociona el cuerpo y me brilla la mirada. Cuba me enciende. Cuba me motiva. Cuba me alegra.



No sé a usted, pero a mí ser cubano me da un alegrón tremendo. Ser cubano es una fiesta, poco importa si “la cosa está buena o mala”. Mi alegría de ser cubano no cree en rachas ni en malos tiempos. Ser cubano es alegría, es jolgorio. Vaya, que ser cubano es un vacilón.

No sé a usted, pero a mí esta Isla me encanta. Me fascina esa simetría en la cual no importa hacia dónde andes (este-oeste-norte-sur) siempre llegas al mar. Y a mí me fascina el mar, sentarme a escuchar las olas, a mirar las olas, a disfrutar de las olas. 

Me encanta esta Isla porque, no importa hacia dónde andes (este-oeste-norte-sur), siempre te encuentras un cubano. Y a mÍ me fascina lo cubano, sentarme a escuchar a los cubanos, a mirar a los cubanos, a disfrutar de lo cubano. Porque lo cubano es único. Es como una tempestad calmada, una felicidad de carnaval a toda hora. ¡Ay, mi amigo! Estoy seguro de que a usted también le encantan las fiestas. Y eso es Cuba. Ser cubano es una fiesta.

No sé a usted, pero a mí me ha ocurrido que he llegado, sin previo aviso, a casa de un pariente y enseguida se ha corrido la voz y, como por arte de magia, en un santiamén “¡por que esto hay que celebrarlo, cará…!” se ha abierto un hueco en la tierra, se atizan unos carbones, se arma una púa y a cocinar dándole vueltas lentamente y entre tragos de ron no tan lentos, un puerco entero. Nadie puede prever de dónde salió la gente, el puerco o el ron.

Nadie lo sabe a ciencia cierta porque esta Isla es mágica. Aquí todo puede ocurrirte. ¡Todo eso sin ni siquiera desempacar las maletas o sacar los regalitos que mandó tu familia de allá a la gente de acá! Así somos los cubanos, siempre acordándonos de los que no vemos y a veces ni llamamos, pero todos sabemos presentes, unidos por ese lazo aun más fuerte de haber nacido en esta tierra, el de la familia cubana.

Dígame si eso no se disfruta. Todos reunidos cantando “bolerones para cortarse las venas”, hablando, riéndonos de las mismas historias (porque aquí las historias pueden contarse mil veces y siempre parecen nuevas), “pescando masitas” de los sitios mejor cocinados, disfrutando el olor de la grasa que se escurre y se evapora entre las brazas. No hay quien mantenga la línea con tanta hospitalidad. ¡Triglicéridos! ¡Colesterol! ¡¿Qué es eso?! Olvídate de tanta locura y goza que por ahí viene su yuquita con mojo, los plátanos chatinos y el arroz congrí que no puede faltar. Toma tu buen pedazo de puerco. ¡Y no te midas! Sírvete más. Y no me carezcas. Y “!DALE QUE TODAVÍA TE CABE UN POQUITO MÁS!”.

Porque así somos los cubanos. Tan hospitalarios que podemos hacer que la dicha se te desborde por los oídos, la boca, los ojos.

Dígame si usted no disfruta eso. Dígame que no desea de esa “hospitalidad a bobocajarro” . Dígame que no desea de esa aunque uno esté cansado, o haya pasado las de Caín en un viaje, o venga desde  desde el fin del mundo. Se agradecen tantas atenciones, tanto cariño “a lo cubano”.

Porque no sé si usted lo ha notado, pero los cubanos nos saltamos bien rápido del protocolo. Tenemos esa facilidad de hacerte sentir en familia sin demasiado preámbulo. Muchas personas se dan la mano. Aquí “venga un abrazo”, “dame unos besos, mi niño” (aunque uno pase de los 30 seguirá siendo un “niño”); porque así somos nosotros: niños grandes. Felices, buena gente, sanos para el cariño, campechanos de pura cepa.

No sé usted, pero yo disfruto de esa maestría para “romper el hielo””. De ese respeto tan pegado y tan dicharachero y tan bromista porque “si uno no se divierte, de qué sirve la vida entonces”. Filosofía tan cubana que es capaz de tirar a “choteo” hasta las experiencias más terribles. Uno se pone de ejemplo y allá van las historias tremebundas y a reírnos de lo lindo.

Porque el cubano exagera “de lo lindo”, porque no tenemos límites, no creemos en imposibles.

Y nada tiene que ver tanto calor humano con el clima y sí con la pasión que nos une. Con el tipo de gente que somos porque “el cubano es el más hospitalario del mundo”. Aunque el título nos lo endilguemos nosotros mismos (como tantas otras cosas). Pero al cubano hay que permitirle todo esto, pues si hubiese un instrumento que midiese esta temperatura, le aseguro, mi hermano, que nosotros romperíamos el termómetro.

Y no piense nadie que no nos tomamos las cosas en serio. Podemos ser alegres, festivos, jaraneros, pero somos justos. Los cubanos podemos andar con una sonrisa “de oreja a oreja” y realizar hazañas que muy pocos pueden siquiera concebir. Ejemplos, mi hermano, hay de sobra: Cuito Cuanavale, Indonesia con sus terremotos, médicos en las montañas, maestras en la selva amazónica… Los cubanos no tenemos límites.

Por muy difícil que sean las condiciones allá vamos con nuestra “cubana” a prodigar la solidaridad, a aportar nuestra semillita para hacer del mundo un sitio mejor y más justo para todos. Porque los cubanos no creemos en fatalismos. Creemos en el hombre, en lo mejor de la humanidad y, “”para que no haya inventos”, lo demostramos con nuestro ejemplo.

No sé usted, pero yo disfruto ser cubano. A mí me gusta todo lo cubano. Me encanta el olor de esta isla que se te impregna y que nunca puedes olvidar, es algo que llevas contigo a donde quiera que vayas. Somos parte de esta Isla como ella es parte de nosotros. Me embarga el perfume que desprende esta tierra después de un buen aguacero, el aroma de las frutas maduras por doquier, el cielo límpido y azul de las mañanas de verano (que son casi todas las del año), el sonido de los ríos que corren por las montañas, las estrellas que desde la noche nos miran.

No sé para usted, pero para mí ser cubano es una fascinación. Disfruto desde lo más profundo de mí el que no creamos en diferencias raciales. Da igual ser blanco, amarillo, negro o verde porque aquí “el que no tiene de congo, tiene de karabalí”. Somos un pueblo mestizo, criollo rellollo, que (¡y que alguien diga lo contrario!) ha aportado al mundo uno de los mejores y más sabrosos inventos de todos los tiempos: ¡la mulata cubana!

Me regocija ser cubano, haber nacido en este sitio donde se ha cocinado lo indio, lo chino, lo español y lo africano para hacer un ajiaco tremendo y alejarnos definitivamente de todo falso puritanismo, de todo ideal de superioridad para considerar a los hombres, a todos los hombres, como iguales.

Gozo de esta riquísima caldosa de “Kike y Marina”, la saboreo y me enorgullezco porque entre sus condimentos tenemos la sabiduría de Martí, la valentía de Maceo, la visión de Céspedes, el coraje de Camilo, la fuerza de Mella, el ahínco de Guiteras, la moral de Echeverría, las enseñanzas de Varela, los pantalones de Frank, la fuerza de Celia, el corazón de Mariana, la estirpe del Moncada. Porque de esa olla han emergido miles de héroes (tierra fecunda esta), emergen aún y continuará haciéndolo porque condimentos, que somos los cubanos, hay de sobra. 

No sé que opinará usted, pero a mí la música cubana me encanta. Puedo escuchar canciones en cualquier idioma, de cualquier nacionalidad o ritmo, pero nada me enciende más el alma que un buen son o un suave bolero; nada me “desorbita” más que una movida rueda de casino al paso de los Van Van o Bamboleo, o una conga santiaguera con su trompeta china anunciando que ya rompió la fiesta.

Puedo escuchar a Led Zeppelín y valorarlo, pero prefiero una guitarra y unas cuantas canciones de Silvio en el malecón a cualquier concierto. Puedo deleitarme con Pavarotti, pero si me ponen al Benny, ahí sí que me pongo morado con Moré. Si suena un rumba o un cajón, a pesar de que pueda ser algo patón, allá se me activa la sangre y no me puedo contener en la silla, porque aquí no importa cómo se baile, sino bailar. A los cubanos, nuestra música nos conmueve y alegra. A nosotros, “que nos quiten lo baila´o”.

No sé usted, pero yo disfruto las ocurrencias de la gente de esta tierra. Ese “¡qué volá, asere!” me resulta inconfundible para localizar un cubano debajo de cualquier fachada. ¡Y qué decir de los dicharachos! Los cubanos somos “el pueblo elegido”, aunque nos hayamos elegido nosotros mismos. Y no hay “quien nos pase gato por liebre” o “nos coja de bobos”. Ni tenemos miedo, pues el que lo tenga “que se compre un perro”, o que “no se preocupe, que del suelo no pasa”, o “a mí, plan”, y “a mí si que me roncan los…” Porque así somos en está nación.

Los cubanos somos “candela”, los que inventamos el “manteca´o”, el “café con leche” y “descubrimos el agua tibia”. Los que no vivimos en una Isla, sino en “la Perla de las Antillas”, y no nos dan las noticias pues “eso lo sabíamos hace un siglo”; ni cerramos las puertas, pues las “trancamos”; ni nos morimos, sino que “estiramos la pata” o “cantamos el manisero”; y sabemos “la hora en que mataron a Lola”, y dormimos “como un lirón”, y comemos “como un animal”, y si una mujer tiene tremendo cuerpo es “un monstruo”; y, si no, “está de madre”, porque para nosotros cuando algo está bueno es “bárbaro” o “está salvaje” o “está escapa´o”. Nosotros somos así. Nunca provocamos un enredo, sino “tremendo arroz con mango”.

 

No sé a usted, pero a mi me encanta la naturaleza. Puedo admirar un baobab o una secuoya americana, pero si algo me conmueve es estar bajo la sombra de una ceiba o admirar una palma real. No hay nada más dulce que colarme en un cañaveral y pelar ahí mismo esa “caña cubana” y endulzarme con su mela´o.

Puedo ver un tucán o un canario, pero si me dan a escoger entre aves coloridas me quedo con el tocororo, y si de trinos se trata déjenme con un tomeguín del pinar o con el coraje del pitirre. Si de montañas se trata, prefiero la Sierra, Topes de Collantes, los mogotes de Viñales. ¡Y qué decir de las playas! Denme un Varadero, una Bibijagua, una Guardalavaca.

No sé usted, pero yo puedo ver cualquier película y valorarla y emocionarme con su estética, sus logros, sus actuaciones, su trama. Puedo disfrutar la cinematografía planetaria pero no cambiaría por nada mis “Memorias del subdesarrollo”, o “La muerte de un burócrata”, o “Fresa y Chocolate”; vaya, que para mí Titón tendría más de diez Oscars (si esta fuese la medida del éxito cinematográfico).

No sé a usted, pero a mí no hay nada que me emocione más, y debo decirlo con franqueza, que casi me “saque las lágrimas”, que ver a mi bandera ondear en lo alto de un podio olímpico. Ver los 110 metros con vallas, el lanzamiento de la jabalina, el martillo, el judo, la lucha, el béisbol (¡la pelota!), el voleibol, cualquier deporte donde estemos los cubanos, me hace borrar toda lógica y dejar que la pasión se me desborde. Me gusta que Cuba gane. Aunque sea “a las escupidas” no puedo evitar inmiscuirme, seguirlo, gritar: ” ¡Cará… ganamos!” y gozar junto con todos aquellos cubanos que, igual que yo, se emocionan “de lo lindo” porque esta islita de 10 millones tiene “para dar y para llevar”.

No sé usted, pero yo me siento orgulloso de que en esta nación uno no tenga que ser “creyente” para saberse protegido por San Lázaro, la Caridad del Cobre o Santa Bárbara. De escuchar un “bembé” en una esquina, un cajón en la siguiente y música sacra al doblar. Mi Cubita es así.

Nosotros los cubanos sentimos que Dios nos regaló el Paraíso terrenal. Ya lo dijo Cristóbal Colón cuando nos “descubría” y exclamaba: ” ¡Esta es la tierra más hermosa que ojos humanos hayan visto”! No se equivocaba el genovés. Cuba es bella. Cuba es linda. Cuba es la tierra más hermosa, al menos para nosotros.

No sé para usted, pero para mí es un gozo disfrutar de un buen tabaco cubano, “¡el mejor tabaco del mundo!”, con una tacita de café de esas “que levantan un muerto”. O irme a una fiesta y darme un traguito de ron cubano o tomarme un helado Coppelia o una malta “hecha en Cuba”. Porque los cubanos somos así y nos gusta lo nuestro, extrañamos lo nuestro, disfrutamos de la dulzura de esta tierra y de lo que nace de ella. Es tan así que un amigo, refiriéndose al helado tropical (¿lo recuerdas?), exclamó que en Cuba era “el único sitio donde el frío tiene sabor”.

Los cubanos no creemos en adversidades. Tiempos difíciles hemos tenido de sobra pero, no sé qué pensará usted, ninguno ha conseguido doblegar la alegría de los cubanos. Nos hemos visto “con el agua al cuello”, pero nunca hemos dejado de reírnos o de tender la mano a quien más lo necesita. Así somos, no podemos evitarlo. Un poquito por aquí, otro por allá, y así seguimos “luchando”, saliendo adelante a pesar de que nadie lo espere. Y a mí eso me hace feliz, pues no hay nada que valore más que la capacidad del hombre para crecerse, de levantarse si tropieza. Y de eso, los cubanos tenemos de sobra.

Yo no sé para usted, pero para mí ser cubano es mucho más que una nacionalidad, un deber o una obligación, un derecho por haber nacido aquí. Para mí ser cubano es llevar en la sangre la pasión que nos une a esta tierra, a todos los hombres que han vivido y muerto por ella. Llevar con nosotros un Grito de Yara, la Protesta de Baraguá, Girón, el Escambray, la Sierra. Cargar con nuestra Isla en peso (como decía Virgilio) y llevarla en nuestro corazón a cuanto rincón nos marchemos. Desperdigar lo que aquí tenemos, la amistad, la solidaridad, el amor hacia los hombres.

Ser cubano es un orgullo. Uno es cubano por siempre. Se es cubano se viva donde se viva. Es una hermandad que va más allá de cualquier frontera geográfica, es nuestra identidad, nuestra razón y nuestra pasión. No sé para usted, pero para mí es así. Yo me siento orgulloso de ser “cubano ciento por ciento”.

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