Carilda florecida

Hace cinco años una noticia estremeció a la Isla. Ni una larga y provechosa vida ni la garantía de una posteridad bien ganada, tanto por su talla lírica como por su carisma, consiguieron consolar a un país cuando supo que Carilda Oliver Labra, grande y suya, se marchaba del mundo en el que había florecido.

Se negaron a creerlo «su planeta», ubicado en su casona de la Calzada de Tirry; sus plantas y sus gatos; el cómodo sillón en el que soñó y recitó versos; la nube en la que dijo sentirse siempre a gusto; su Matanzas natal, sus lectores y ¡lectoras!, no solo de Latinoamérica. No aceptó su muerte el tiempo implacable, tampoco la poesía.

Y no les faltó razón. ¿Habrá logrado alguna mujer, después de haber conocido un poema como Me desordeno, amor, me desordeno, sacudírselo del pensamiento? ¿Alguna en estado de pasión habrá podido rehuir ese mensaje natural y exacto, en el que no sobra ni falta una palabra para describir los efectos universales sentidos ante el ser amado?

Muchas hemos sido alguna vez Carilda; las que no, tal vez lo hayan querido ser. La fuerza lírica que se desprende de una poesía descollante por la que mereció el Premio Nacional de Literatura, dejó de ser de ella para alojarse en la piel no solo de las adictas a su obra, sino también de las que aún la desconocen.

Y hay más. Carilda, la humana, la mujer-mito, la amorosa criatura dueña de sí misma, la ardiente enamorada de su tierra a la que le juró eterna fidelidad, la de las décimas agradecidas a Fidel, la muchacha de pueblo que jamás dejó de serlo, la que no guardó consigo «ningún poco de patria», sino que la quiso toda sobre su tumba, es inspiración para las almas exquisitas.

Nadie se creyó su muerte. Hoy sigue asomándose con su cabello rubio y su hermosa sonrisa en los poemas frecuentes, en las gargantas que habita.

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