El Cristo de la Vereda

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Los asaltos y robos fueron tantos, que contadas eran las personas que se atrevían a transitar por aquellos lugares sin ir acompañados de amigos o con una escolta de criados armados, única manera de evitar una agresión por parte de los bandoleros. A los asaltos y robos siguieron algunos secuestros efectuados con atrevimiento e impunidad en las fincas inmediatas, llegándose a producir entre los pobladores de aquellos contornos un estado de temor e intranquilidad.

Gobernaba la Isla en aquellos calamitosos tiempos, el sucesor de Ricafort y antecesor de Ezpeleta, un famoso general que, servil en España y tirano en Cuba, fue el primero que sembró durante los años que gobernó, de 1834 a 1838, la discordia entre insulares y peninsulares, el que se opuso a que las libertades constitucionales fueran establecidas en la colonia, y también el que con mano dura de procónsul corrigió abusos, puso freno al juego, encarceló y deportó a la gente maleante y persiguió con éxito a los ladrones y salteadores de caminos.

Sucedió, pues, que una mañana, los que se veían obligados a transitar por los peligrosos lugares de referencia, fueron sorprendidos por el macabro espectáculo de un hombre, ya cadáver, pendiente por una cuerda de las ramas del añoso almácigo. La brisa matinal hacía oscilar levemente el cuerpo, alrededor del cual revoloteaban auras hambrientas. ¿Se trataba de un suicidio, de un crimen, de un acto de venganza o de justicia?.

Difícil era acertar lo sucedido. Lo que estaba fuera de duda para algunos era que el ahorcado, a juzgar por su cara y su cuerpo, resultaba ser el mismísimo crucificado de la Vereda. Por supuesto que no pasaría de ser una ilusión de quienes tendrían más de incrédulos que de creyentes, pero lo cierto es que desde el día en que apareció aquel hombre ahorcado, cesaron los robos y asaltos a mano armada que tan peligroso hacían el tránsito por Las Auras a La Sierra, y, lo que era más extraordinario e inexplicable, cesaron los milagros que hacía y la protección que dispensaba el Cristo de la Vereda.

Y de ahí como por la eterna ley de los contrastes y de las compensaciones, del mismo modo que tras un bien había surgido un mal, sucedió que con la supresión de éste sobrevino la anulación de aquél. A buen seguro que algunos pobres que recibieron dádivas, echarían de menos a los bandidos que asaltaban y secuestraban a los pudientes. Las malas lenguas que dieron en decir que el ahorcado tenía la misma cara del Cristo, aseguraron después que un socio y canario paisano de aquél se aprovechó del fruto de sus robos, rapiñas y secuestros.

Durante años, grandes sumas del dinero obtenido por tan ilícitos medios, estuvieron guardados en botijas, antiguos envases de aceite de oliva, escondidas en un pozo negro del batey de cierta finca. En los comienzos de la guerra de 1868, las botijas fueron sacadas y rotas, y con parte del dinero que contenían se compraron canterías con las que se edificó una casa de la que se dice que en ella vaga errante y penando, el alma pecadora del Cristo de la Vereda. Otra parte del dinero, la mayor, se gastó en pleitos y papel sellado según los supersticiosos, que creen no aprovecha el dinero mal habido, lo que desgraciadamente no parecen confirmar los hechos.

Los incrédulos, que por serlo no tienen fe en los designios justicieros de la Providencia, están convencidos, sin que sepamos nosotros en que fundan su aserto, que el dinero en cuestión está bien guardado en las cajas de un banco en el extranjero, de triste recordación para Cuba. ¿Quién está en lo cierto? ¡Vaya usted a saber!

En esas delicadas cuestiones en que están tan íntimamente mezcladas la historia y la leyenda, es difícil llegar a una solución concreta y el narrador imparcial - y como tales nos tenemos - debe limitarse a exponer las opiniones, sin determinarse por ninguna. Contentémonos, pues, con saber que hubo un Cristo de la Vereda que hacía dádivas, contemporáneo de un bandido que asaltaba y secuestraba, y que siendo al parecer dos personas distintas, no faltaron quienes la supusieron una sola.

(Tomado del Libro: "Tradiciones y leyendas de Cienfuegos", de Adrián del Valle, 1919.)

 

                                   

 

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