La Batería Nuestra Señora de los Ángeles de Jagua. El arte fortificado (I)

A principios del siglo XVIII España vuelve su mirada a la bahía sureña, reconsiderando las ventajas económicas y estratégicas que esta ofrece. El resbaladizo Felipe V había dispuesto el 30 de abril de 1725 la construcción de una fortaleza a la entrada de su puerto y la creación de una ciudad a la que debían trasladarse el gobernador, las autoridades y los habitantes de Trinidad, con el afán de protegerla de los “ataques mercenarios”.

Empero, a pesar de las amenazas todos los intentos se malogran, particularmente el deseo de que los trinitarios se trasladasen a Jagua, entonces considerada una región agreste e impredecible; no obstante, las “condiciones favorables para su poblamiento” (Edo, 1943). Probando voluntad, los hispanos logran erigir su fortaleza en el año 1746, con el nombre de Batería Nuestra Señora de los Ángeles de Jagua, diseñada por el ingeniero militar Bruno Caballero y Elvira y consumada por el ingeniero Joseph Tantete Dubruiller, quien reclamaba la fortificación pronta de la bahía para beneficiar el comercio con otras zonas del imperio y paralizar el negocio ilícito, desde este espacio hasta Batabanó.


Batería Nuestra Señora de los Ángeles de Jagua ultimada por Joseph Tantete en 1746.

El teniente coronel Bruno Caballero y Elvira (Borriol, Valencia, España, 7 de octubre de 1676-La Habana, 27 de marzo de 1745), hijo de Juan Caballero y Vicente y Josefa Brueso y Elvira, fue simiente de la familia de los Caballero en la capital(1). De la Pezuela cuenta que su aparición en La Habana se produce cuando es asignado como Ingeniero en Jefe de la Plaza de La Habana, acompañando al Gobernador y Capitán de la Isla Vicente de Raja, quien toma el poder el 26 de mayo de 1716 y no abandona el puesto hasta principios de 1717.

Parece ser que concluye la vivienda del sucesor Gregorio Guazo y Calderón Fernández de la Vega, que asume el mando desde el 23 de junio de 1718 hasta el 29 de septiembre de 1724, iniciada en 1674 por el ingeniero local Juan de Ciscara. Empero, por alguna razón se enrola en los acontecimientos de la malograda defensa de Pensacola, ciudad tomada por los galos el 14 de mayo de 1719. Las tropas, lideradas por el gobernador de la Luisiana francesa, Jean-Baptiste Le Moyne de Bienville, arribaron con su flota y una enorme fuerza de guerreros indios aliados y se apoderaron de la “ciudad de las cinco banderas”.

En esta contienda es hecho prisionero, una vez que la pequeña guarnición del comandante español Matamoros se entrega, consciente de su inferioridad numérica. No es hasta febrero de 1720 que es liberado, dos años antes de que un huracán expulsara a los franceses y estos incinerasen la ciudad antes de retirarse. En el tomo I del valioso compendio Papeles para la historia de la Florida (1857), de Buckingham Smith, Caballero y Elvira ofrece un informe sobre la fortificación del presidio de Pensacola (h. 97-107, 1822).

Al parecer, regresa directamente a Cuba, pues el 23 de junio de 1821 figura en el Libro 4to de Matrimonios de la Catedral de La Habana (Folio 50, No. 9) su unión con Leonarda del Barco y Marín. Numerosas misivas que conserva el Archivo General de Indias constatan sus laboreos en 1726, principalmente en la fortificación de la capital por la parte de la bahía.

Durante la gubernatura del Marqués de Villahermosa envía mapas, planos y varios informes con sus respectivas demostraciones gráficas (21 de octubre de 1726-29 de octubre de 1726). En 1728 aún ofrece detalles y hasta unos dibujos inconclusos que finalmente pasaron a estudio de Verbom. El 15 de junio de 1729, por Real Cédula, se dan a conocer sus propuestas de dos planos: uno para la fortificación de la ensenada de Jagua y otro de un castillo animoso y de conveniente protección, semejante al que se consuma en 1745. Para su sorpresa los proyectos son aceptados.


Plano de Caballero y Elvira para la fortificación de la bahía de Jagua, 1729. Biblioteca Nacional José Martí.

Esta perspectiva hacia el control y resguardo directo del espacio físico (la península de Jagua) y esbozo de una posible ciudad indujo a un tipo de perfil topográfico asentado en los elementos visivos, alegóricos e incluso con alta dosis de artisticidad; empero, más como una forma de descripción que como un conocimiento ligado a la representación social. Afortunadamente este ejercicio corográfico (ligado al dominio de lo pictórico, con sus porciones de impresionismo y simbolismo) combina bien estas convenciones plásticas con la destreza técnica y jerarquiza con personalidad una topográfica matemática, con amplio registro de predominios. Los planos prestan el adecuado interés a las condiciones físicas del terreno, al paisaje y paisanaje, sin dejar de explicitar la visión toponímica que acaso anticipa el espíritu de la Ecole des Ponts et Chaussées (1747).

Caballero y Elvira devela dos tipos de experticia, aunque pudieran objetarse ciertas irregularidades en la escala y la proporción: la del “agrimensor” (en términos de vocación) y la del dibujante, que no siempre convergen en una misma persona. La profesora e investigadora argentina Graciela Favelukes precisa ante las exigencias del plano topográfico que: “Esto plantea el interrogante sobre cómo y quién efectuó las mediciones necesarias para los planos realizados, lo cual abre la consideración de un conjunto vasto de operaciones técnicas y gráficas. Pues, por una parte, la existencia de mediciones o relevamientos no desembocó siempre y necesariamente en el dibujo de planos”. (2006). (Continuará)

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(1) Caballero y Elvira es la partogénesis de una ilustre descendencia, entre cuyos legatarios figura el pedagogo y filósofo cubano José Cipriano de la Luz y Caballero, considerado por muchos uno de los más grandes formadores de conciencia sobre la nacionalidad cubana. Consultar el Diccionario Geográfico, Estadístico e Histórico de la Isla de Cuba (Tomo III, 1865, p.p. 531-533), de José de la Pezuela, impreso en Establecimiento de Mellado.

(Tomado de 5 de Septiembre)

 

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