El Romancillo de las cosas negras, canto a la hermandad entre los seres humanos

Hoy, cuando los enemigos de Cuba, unos visibles y otros agazapados, tratan, embullados por las llamadas revoluciones de colores, con la intención morbosa de lograr un enfrentamiento entre etnias o simplemente por el color de la piel, en busca de la fragmentación de la sociedad cumpliendo con el viejo método: divide y vencerás, recordamos con suficiente nitidez, aquel Romancillo de las cosas negras, que con claridad meridiana y de gran vigencia, escribió en el año 1939, en el antiguo central Narcisa donde trabajó de maestro, Raúl Ferrer Pérez, quien había nacido el día 4 de mayo de 1915, en el poblado de Meneses, término municipal de Yaguajay. En la escuelita del central Narcisa, protagonizó una experiencia educativa que adquirió ribetes de leyenda.

La visión extraordinaria de este ilustre intelectual cubano, lo llevó a escribir con la belleza de un artista y el conocimiento de causa, obras poéticas de la trascendencia de Romance de la niña mala y Parada en Guaracabuya, entre otras. Su arraigado concepto de cubanía y su maestría pedagógica son muestras más que convincentes de su alto sentido de la justicia, así como el hondo sentimiento humano. Con honda emoción, en sus honras fúnebres realizadas el día 12 de enero del año 1993, otro grande intelectual cubano y amigo entrañable, Enrique Núñez Rodríguez, refirió: y no puedo despedirlo con lágrimas, no, a él, que fue la alegría, el chiste criollo. No, a él, que un día les explicó a sus alumnos que debían dejar sus zapatos junto a la ceiba del patio, a la que llamaba Carlos Manuel de Céspedes, porque las fuerzas telúricas del conocimiento entraban de la misma entraña de la tierra, por los pies desnudos. Lo hizo para evitar a los más pobres y descalzos el cruel latigazo de la desigualdad, escribiendo con este hecho, una de las páginas más conmovedoras de la docencia cubana.

Junto a estas afirmaciones de Enrique Núñez Rodríguez, añadiríamos que fue una muestra imperecedera de la pedagogía del amor.

El Romancillo de las cosas negras fue, es, un canto de amor, de paz y hermandad entre todos los seres humanos, y para nosotros los cubanos, en estos tiempos de definiciones y reafirmaciones, un llamado a la unidad.

Yo le tengo miedo/a todo lo negro./A la negra noche/de brujas y muertos,/ de ranas y gatos./!qué miedo le tengo./Y a los dos calderos/que como dos ojos/colgantes inmensos/hay en la cocina/de Juan el Fondero…/Y aquella vecina/vestida de negro/que todas las tardes/rumbo al cementerio/cargada de flores/camina en silencio./!NO puedo acordarme,/qué miedo le tengo./

Cuando pitan lejos/ las locomotoras/ negras del ingenio,/la cola de carros/rechinan sus hierros,/como si las ruedas/gritaran…!qué miedo./ Sin embargo tengo/ dos cositas negras/ allá en el colegio/ que son las dos cosas/ que de allí más quiero:/ el pizarroncito,/donde mi maestro/me explica las cosas del libro tercero,/para que mañana/conozca el derecho/que tenemos todos/los hombres del pueblo.

Y mi amigo Antonio,/mi amiguito negro/que se sienta conmigo./ Lo quiero/ porque van tres años/de estudios y juegos./ Vinimos juntitos/del grado primero,/como en la manigua/juntos anduvieron/luchando por Cuba/su abuelo y mi abuelo,/para hacer la Patria de Martí y Maceo./

Este romancillo, puesto en la voz de un niño, quizás de uno de sus alumnos de la escuelita del central Narcisa, nos recuerda con claridad meridiana, hoy como siempre, o más que nunca, aquellas palabras de nuestro Apóstol José Martí en su ensayo De Nuestra América, publicado en la Revista Ilustrada de Nueva York, el día 1ro de enero de 1891, 68 años antes del triunfo de la Revolución Cubana, el 1ro de enero de 1959. Palabras que no por reiteradas, dejan de ser actuales: ¡Los árboles se han de poner en fila para que no pase el gigante de las siete leguas! Es la hora del recuento, y de la marcha unida, y hemos de andar en cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes.
(Tomado de 5 de Septiembre)

 

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