El sueño de la inmortalidad

Los diciembres en Cuba traen un aire fresco con tonos cálidos que serían agradecidos todo el año. En San Luis, Santiago de Cuba, entre la Sierra Maestra y la Sierra Cristal, corre ese mismo viento. Como igual correría hasta allí la noticia. Luego de más de diez nominaciones, Alberto Lescay, el nombre que inmortalizará el bronce, ha ganado, al fin, el Premio Nacional de Artes Plásticas.

“Si yo fuera de bronce, y estuviera puesto en un lugar, duraría muchos años”

Lescay es un hombre modesto, pero con un justo ego artístico. En noviembre del 2021, hubo un encuentro con unos compañeros del Partido Comunista de Portugal. Bajo los vitrales de la Plaza de la Revolución y su obra cumbre, el Antonio Maceo, recuerdo haberle escuchado hablar de su deseo de ser inmortal.

“Uno tiene un poco de orgullo personal y quiere dejar una huella en este paso por la vida. Al considerar tan importante ese trabajo y esa responsabilidad pública, si me interesa que puedan disfrutarla, o sufrirla  -depende de cómo se interprete-  generaciones venideras, no solo las que me acompañan hoy, porque como es natural, nuestra vida es efímera, y la de la obra también, pero si fuéramos de bronce”.

Una taza de té de cúrcuma caliente no me extraña, en la mañana del último día del año que reservó sorpresas para el final. Tres días antes, el 28 de diciembre, en un andamio, el obrero artista, con las manos llenas del barro que ahora cubre los cimientos de su próxima escultura monumental, a los pies del héroe libre Aponte, recibe la noticia.

Quedó perplejo, y guardó para sí cualquier palabra, cree en el poder de controlar las emociones, y es que para él el equilibrio es muy importante. Alberto no es artista de los que esperan premios, y menos de esos que  celebran una vida de trabajo.

“Yo me considero un hombre premiado por el tiempo”.

Su idea es inaugurar el Monumento a Aponte en abril, le quedan solo tres meses para modelar al héroe en 10 metros de estatura. Primero en barro, que luego vaciará en yeso, fundirá en bronce, ensamblará por partes y trasladará hacia La Habana. Entre el mar y la autopista, en el Poblado de Peñas Altas, municipio de Jaruco, en Mayabeque, estará emplazado, donde se produjo el gran levantamiento de José Antonio Aponte.

En la mesa de la entrada hay flores, algunas ya marchitas, gladiolos, girasoles, rosas. Cuadros colgados y otros colocados cuidadosamente en el piso, en espera de un nuevo destino. Pequeños y de tamaño de modelos de esculturas, nuevos y viejos. Los recuerdos familiares, el machete del abuelo mambí, el carné de pensionada del Ejército Libertador de la madre, fotos de amigos y más familia. La bala encontrada en esa misma casa, que fue guarida de los luchadores clandestinos, de Vilma Espín, el Monumento Prohibido porque Fidel no quiso estatuas, ni museos, ni nada que hiciera más grande su figura, la Réplica del Machete de Máximo Gómez.

Aunque hoy Lescay solo desayuna en el frescor de su patio-selva con un par de amigos, que luego se despedirán para dejarnos conversar, más que realizar una entrevista. Es difícil llegar a su Estudio, en la tranquilidad de Vista Alegre y no verle al fondo, siempre con un poco de barro en la mano, que luego será el cuerpo de algo más grande, a veces, un pincel detrás de la oreja, siempre un delantal lleno de colores, vivos. El calor de un té de hierbas frescas en la cocina, a veces, y un libro nuevo en las manos. Él sabe cocinar y lo hace muy bien, condimenta la comida con agua de mar para no usar sal. A Lescay le gusta tocar música, tiene un par de maracas y unas tumbadoras, y rara vez pierde el ritmo con sus instrumentos. Habla del pasado con el cariño y la nostalgia de los seres que ya no están. Se considera premiado por el tiempo, por la historia Patria, y por la historia de su familia. Incorpora a su vida la suerte de tener nueve años cuando triunfa la Revolución cubana, con ella el privilegio de su despertar, el inicio de un camino de sueños nuevos.

“Respeto mucho la decisión de mis padres de que sus hijos estudiaran”.

Esmérida –Mera- Merencio, era su madre, una mujer fuerte, según cuenta él mismo, de muchas luces, iniciativas y ansias de superación. Cuando triunfó la Revolución tenía cuarto grado, llegó al sexto y continuó, tenía inspiraciones de seguir estudiando, y logró trabajar como celadora del museo Tomás Romay, de Santiago de Cuba , manejaba los equipos de proyecciones con la difícil maquinaria soviética. Fascinada por los astros, su última etapa de trabajo fue en el planetarium de la ciudad.

Alberto viene de una familia con cierto nivel económico, aunque de origen muy humilde, y que culturalmente no tenían mucho que ver con el arte. Al menos conscientemente.

Sus dos abuelas, analfabetas, y los dos abuelos sí sabían leer y escribir, pero no eran de muchas letras. Tendrían un tercer o cuarto grados, conocían, al decir de los ancianos, las cuatro reglas, y quizás lo hacían muy bien porque el abuelo paterno era un hombre emprendedor, que logró una familia enorme, todos trabajadores. Dueños de una finca, crearon una infraestructura que les permitió crecer, social y económicamente, con posesiones importantes: tiendas, tractores, camiones, carretas, de ahí que conocieran bien esas cuatro reglas, porque hay que saber sacar cuentas para tener ese tipo de desarrollo.

El  abuelo materno, el mambí, era un poco más humilde económicamente, pero contaba con la fuerza del pensamiento, la experiencia de la vinculación a ese proyecto que fue La mambisada.

“Tendría, yo cálculo, por los elementos que he podido reunir, más o menos 17 años, se alzó en Baracoa con dos primos”.

Posee dos armas de combate de su abuelo mambí. Con el recelo de quien lleva consigo una de las mayores reliquias históricas familiares, las guarda. Unos machetes hincados a la tierra en una esquina de la casa de la abuela motivaron la curiosidad de un niño, que obtuvo la respuesta que sería uno de los grandes y míticos misterios en su infancia.

“Son los machetes de tu abuelo mambí”.

Una historiadora le intenta romper el misterio, aclarando que esos machetes estaban bajo su posesión porque el abuelo no los entregó. ¿Lo podríamos interpretar como una indisciplina? Dado que al finalizar la guerra los mambises debían entregar sus armas. El artista lo interpreta como un designio de la vida.

“No los entregó para que me llegaran a mi, mira que simbolismo más lindo”.

Los humanos fundimos nuestras vidas en recuerdos e historias, para Alberto todo esto es lo que hace al ser humano, cree firmemente en que esa historia permanece consigo.

El té de cúrcuma ha pasado de desayuno a casi almuerzo bajo los platycerium y helechos que rodean el patio de su estudio-galería. Lescay ha sido en dos ocasiones jurado de la selección del Premio Nacional de Artes Plásticas, por lo que conoce del empeño de sus organizadores. Elegir a uno cada año, entre tantos, para premiarlo por una obra fundada y sostenida, es tarea titánica. Este caimán, por pequeño, no es un país en el que se puede hablar de unos pocos artistas con una trayectoria relevante.

“Creo que el premio es de mucha significación profesional, porque Cuba no es solo la isla de la música como suelen decir, Cuba es también la isla del arte, de la cultura en general, e igual de las artes visuales, de las artes plásticas. En Latinoamérica te mueves y te percatas de que, como era en Cuba antes de la Revolución, podías contar cinco o seis artistas de primer nivel. Ahora no, aquí hay muchos artistas, de talla nacional e internacional, como consecuencia de la estrategia otra vez de la Revolución cubana de crear un sistema de enseñanza artística horizontal. Lo mismo un guajiro o un campesino puede presentarse a una prueba de aptitud e ir a estudiar hasta en el Instituto Superior. Si acaso tiene todo el talento y la voluntad”.

Con lo válido de su aclaración, y más allá de la alegría por el galardón, la modestia envuelve de nuevo su figura.

En lo personal trato de olvidarlo pronto para no creerme cosas, -ríe jocosamente-, porque en definitiva todo empieza ahora.

Al lado nuestro está el pequeño taller del estudio, que guarda bocetos, materiales de pintura, y muchas esculturas en miniatura de los monumentos que Alberto tiene alrededor de Cuba y el mundo. Esas que logran convertirle en un ser inmortal.

“La obra, cuando es de bronce, aunque esté bajo el agua, la lluvia, el mar, bajo tierra, donde quiera que esté va a perdurar, en todo caso se oxida, pero no se corroe. Más bien el tiempo le va a otorgar otros elementos que a mi me gustan mucho, los que yo llamo, la pátina del tiempo, que para mi les da un carácter muy interesante que me encanta”.

El orgullo de un artista es su obra,  y la perdurabilidad de la misma. No resulta coherente que se mantenga en una sola generación o en el disfrute personal de quien la construye. Para él como para cualquier otro creador, es necesario que siga existiendo, y que quede plasmada como huella en la historia, la marca de lo que ocurrió un siglo atrás, y que sirva de referencia.

“Si no tuviéramos las pirámides de Egipto y no hubieran sido muy bien hechas, hoy no sabríamos nada de esa historia, y eso es uno de los elementos más importantes del arte”.

Aunque el valore más su inmortalidad, a través del bronce, el resto de su obra también lo hará. En el espacio que sigue a la mesa en la que conversamos, se ven los cuadros de su exposición más reciente, Makuto. La abriga el espacio que es su casa taller. Es de las exposiciones menos conocidas porque coincidió con el inicio de la pandemia. Una muestra simbólica y conceptual, que resulta un resumen años de trabajo y técnicas. Pintura, escultura, tinta, dibujo y escultura en diferentes materiales, ha acomodado a su antojo porque está en su casa. Ha intervenido paredes con textos propios y mucha libertad. Las exposiciones para un artista son la forma de mostrarse, para eso trabajan. No recuerda cuántas exposiciones ha hecho a lo largo de los años, solo sabe que no ha parado de trabajar, y quienes lo conocen, pueden constatarlo. Aunque aconseja a sus amigos la importancia de un descanso, lamenta no poder dejar de trabajar, porque cuando intenta hacer una pausa, se aburre y comienza de nuevo a pintar o crear el boceto una nueva obra. En los últimos años han sido menos las exposiciones, se detiene más en pensarlas.

Cada exposición debe ser un hito, ha de tener un por qué, más allá de mostrar lo que uno hace, el por qué uno muestra lo que hace”. Nos movemos hacia el salón pintado completamente de blanco donde se muestra la exposición. Gato, el único animal de la casa, además de los peces que viven en la fuente del patio, husmea algo en medio del lugar. Me llama la atención que solo huele y se aleja. Hay  una cabeza de bronce colgada en medio de la galería, es la de Aponte, que custodia y reina en la exposición. Debajo hay un plato con piedras y un trozo de madera, en medio, un colibrí, muerto, pero con la misma luz en las alas de lo que antes fue pájaro en vuelo.

Es difícil ver un colibrí, es difícil ver un pájaro morir, y Alberto vio ambas cosas.

“Lo encontré revoloteando desesperado en el piso, tenía el cuello algo roto, lo levante, le rocié un poco de agua fresca, lo soplé, intentó alzar el vuelo y cayó, una vez más. Creo que vino a visitarme, y lo puse en medio de la galería”.

Los gatos se comen a los pájaros, pero este tiene algo que no deja al felino tocarle, quizás un poco de la magia del lugar, de las obras de Lescay, quizás la mítica que acompaña a estas pequeñas aves, que según cuentan antiguas leyendas, los dioses les destinaron el trabajo de llevar de  un lado a otro los pensamientos de los hombres. Así queda la esperanza de un colibrí que trajo algún misterioso pensamiento, que estará para siempre en  casa del artista que a través del bronce, se volverá inmortal.

(Tomado de Cubarte)

 

 

 

 

                                   

 

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