Festival del Nuevo Cine Latinoamericano: La revancha a los cuarenta

El Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana ha sostenido una revolución por cuarenta años. Desde su primera edición el 3 de diciembre de 1979, ha representado una avanzada, idóneo para forjar una imagen de la actividad fílmica de la región, afianzar un proyecto artístico que trasciende los límites de lo estético y consolidar una visión del mundo comprometida con nuestra geografía política y cultural.

Los integrantes del movimiento del nuevo cine, consolidado entre los años cincuenta y sesenta, inauguraron el evento convencidos de la necesidad de un espacio simbólico capaz de reagrupar los perfiles de una identidad. Ahora no existen ni el movimiento ni el sujeto histórico que fundó el Festival, pero sobrevive el propósito de cohesionar, desde una postura francamente política, una particular sensibilidad cinematográfica, dada, antes que en la ascendencia de las imágenes, en la identificación de los creadores con un sistema de valores y un marco de representación sociopolítico común, con una expresión propia de cultura.

Los padres intelectuales del Festival –Alfredo Guevara, Miguel Littin, Glauber Rocha, Fernando Birri, Julio García Espinosa, Tomás Gutiérrez Alea, entre otros–, estaban motivados por la posibilidad de reunir las cinematografías nacionales como manifestación de un tronco común. Sobre todo, los primeros eventos fueron la constatación de que aún se sostenían las bases planteadas en Viña del Mar hacia 1967, momento en que se celebra el insigne 1er Encuentro de Cineastas Latinoamericanos. El certamen habanero viene a ser una continuación del espíritu que alimentó aquel suceso. No por gusto en la declaración de esa primera edición, la convocatoria rezaba que “se propone continuar la línea de trabajo iniciada en los Festivales de Viña del Mar, Mérida y Caracas, y contribuir así al encuentro entre los autores y al intercambio entre las cinematografías y movimientos cinematográficos más auténticos y significativos de Nuestra América”.

En dicha convocatoria, además, se apuntaba como declaración de principios: El Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano tiene como principal objetivo promover el encuentro regular de los Cineastas de América Latina que con su obra enriquecen la cultura artística de nuestros países, contribuyendo al rescate y afirmación de la identidad propia y a la defensa de los valores nacionales y rasgos comunes a nuestros pueblos frente a la deformadora intromisión y dominación cultural imperialista; asegurar la presentación conjunta de los filmes de ficción, documental, dibujos animados y actualidades y el intercambio de experiencias artísticas, técnicas, organizativas y de producción y distribución; y contribuir a la difusión y circulación internacional de las principales y más significativas realizaciones de nuestras cinematografías.

De estas palabras no solo podemos extraer la ideología con que se creó el evento, sino la naturaleza misma de su razón de ser. Ahí se explica el por qué continúa siendo medular el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano. En puridad, cualquier evento, práctica artística, acontecimiento estético necesita renovarse para subsistir. El encuentro habanero necesita (re)organizarse y (re)inventarse a sí mismo constantemente, desde luego. No cabe la menor duda de que este hecho cultural ha constituido un campo de pensamiento fundamental para reflexionar y meditar la experiencia de las cinematografías que conforman la región. Ha garantizado un marco desde el cual solidificar un producto, al condicionar el despliegue de la inventiva creadora y contribuir a ser más críticos y menos ingenuos.

Para favorecer la reflexión sobre las particularidades del cine producido entre nosotros, el Festival ha insertado como parte de su agenda de trabajo la meditación sobre las problemáticas que más aquejan y urgen a las realizaciones del área: desde el retraimiento impuesto por certámenes de otros lugares del globo –hoy cada vez más superado– o el control de la distribución de las películas o los fondos monetarios para la concreción de proyectos. Acodados en dicha perspectiva, sus tareas se esplazan hasta edificar una zona desde la que observar el cine latinoamericano, promover a los realizadores, defender los bienes propios, comunes, y proponerlo a unos espectadores dominados por los códigos de un mercado multinacional que todo lo estandariza, quiérase o no.

Un festival es un horizonte de identidad. El Festival habanero es una alternativa: un terreno necesario bajo los dictados de la globalización, cuando solo la mirada en conjunto permitirá contrarrestar los mandatos de los centros de poder. Este contecimiento que viene acaeciendo hace ya cuarenta años, es el espacio idóneo para aunar a un cine cada vez más disperso, múltiple, variado, que en la contemporaneidad conforma un mapa en el que convergen intereses estéticos disimiles. Es el escenario en que se juntan voces e ideas, erigiendo una plataforma de proyección internacional capaz de discutir el devenir cinematográfico del subcontinente, así como cuestionar la hegemonía ejercida por el discurso institucional del primer mundo. Latinoamericana es una cultura que en pocos años ha sabido nutrir un pensamiento capaz de diseccionar los surcos de su imaginario y su historia: el Festival habanero es portador de esa tradición, la cual, según se conozca mejor, será más propiciadora de una estética propia.

Cada vez es más necesario el Festival de La Habana. Es fundamental para ese nuevo cine que cada año emerge en el contexto de los países de América Latina; para esas voces que garantizan la emergencia de nuevas gramáticas. El Festival es el circuito que aúna y muestra la fuerza de nuestra práctica fílmica en su conjunto; es un modo de densificar la memoria colectiva y evisar los valores que nos identifican. Y en tal sentido, no solo ha sido útil al cine latinoamericano y sus realizadores, sino a la cultura de la región en general.

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