La magia de Alicia, la cuarta Giselle

Giselle es una historia de amor y sufrimiento. Cuenta la vida de una campesina que se enamora, muere tras ser despreciada y luego, convertida en Willy, protege al amado incluso después de la muerte. Giselle es también la historia de una cubana que cambió el rumbo del ballet del mundo y de su Isla. Giselle es desde muchos puntos de vista Alicia Alonso.

Por esa razón este viernes se reunió lo mejor del ballet cubano, sus protagonistas y sus públicos, en la Sala Avellaneda del Teatro Nacional para rendir homenaje a una leyenda. La gala por el Aniversario 75 del debut escénico de Alicia Alonso en Giselle fue una noche de estrellas. El Ballet Nacional de Cuba (BNC) en pleno, con todos sus primeros bailarines, principales y solistas, asumió el desafío de recordar a Alicia con la altura y capacidad escénica a la que ella acostumbró. Y lo consiguieron.

No hubo solo una Giselle sobre las tablas del Teatro Nacional este viernes. Viengsay Valdés, Sadaise Arencibia y Grettel Morejón, primeras bailarinas del BNC, alternaron el rol y vencieron el reto de lograr un estilo único en el personaje, sin dejar de marcar las diferencias sutiles que caracterizan sus modos de interpretarlo. Viengsay Valdés, primera figura de nuestro ballet, al escenificar la muerte de la joven campesina sacó las lágrimas de más de un espectador.

Mientras tanto, el personaje de Albretch fue interpretado por Dani Hernández y Rafael Quenedit, también primeros bailarines, y Raúl Abreu, bailarín principal de la compañía cubana. Excepcional, sin dudas, el momento en que Dani Hernández interpretó la lucha del duque contra las Willis.

Destacaron además los roles de Hilarión, a cargo de Ernesto Díaz y de Myrtha, la reina de las Willis, por Ginett Moncho, que logró un solo profundo y apasionado en la introducción de su personaje en el Segundo Acto, fuertemente aplaudido por el público.

Más allá de los roles protagónicos, el desempeño de la compañía fue excepcional. La capacidad de fundirse en un todo, apreciada indistintamente por críticos, públicos y bailarines, alcanzó su nivel máximo en la representación de este viernes durante el Segundo Acto. La escena en que Hilarión muere atormentado por el agresivo baile de las Willis, fue magistralmente conseguida por 24 bailarinas que parecieron conectadas por la precisión y simultaneidad de cada paso.

El Ballet Nacional de Cuba, mundialmente reconocido por la calidad de sus bailarines y coreografías y resultado de un esfuerzo sostenido durante años por la familia Alonso, rindió homenaje a su maestra del mejor modo posible: devolviéndola a la escena.

Tienen suerte aquellos que nacieron a tiempo para ver a Alicia Alonso encarnar  Giselle. Al revisar críticas, crónicas y los pocos videos que se conservan de sus puestas en escena, una comprende que se perdió una representación magistral de tenacidad, audacia, gracia, sensibilidad y calidad artística.

Son muchísimas las historias que enriquecen la relación de Alicia con este personaje. Algunas impresionan. Lo interpretó por primera vez el 2 de noviembre de 1943 en el Metropolitan Opera House de Nueva York al ser la única que dijo sí para sustituir a una Alicia Markova enferma en una función del American Ballet.

Al hacerlo tuvo que aprender el personaje en solo cinco ensayos con el co-protagonista Anton Dolin mientras enfrentaba un repertorio agotador de funciones. Se conservan aún las zapatillas con marcas de sangre que prueban aquella dura etapa. Aquella primera función fue un éxito sin precedentes. Muy pocos habían apostado por aquella cubana que con el tiempo se convertiría en una bailarina de renombre mundial.

Antes había estado más de un año de reposo en una cama por un accidente que le afectó la visión y tras el cual los médicos le recomendaron no volver a bailar. “Bailaré, aunque quede ciega”, dijo la bailarina y durante los años siguientes demostró su tenacidad cuando muchas veces tuvo que bailar guiada solo por resplandores y una memoria prodigiosa.

El crítico e historiador Miguel Cabrera describe, como parte de la leyenda que enlaza a la Prima Ballerina Assoluta con el rol, sus giros vertiginosos en arabesque en la iniciación del segundo acto, que han marcado pauta; la velocidad y limpieza de sus legendarios entrechat quatre y el récord de su larga trayectoria. Precisamente ahí está una prueba de su infinita capacidad. A principios de los 90, ya con más de 70 años, Alicia Alonso todavía sacaba lágrimas en sus últimas interpretaciones del personaje que marcó su carrera.

Y si su rol como bailarina del clásico no era suficiente, la Alonso se encargó además de renovar la coreografía. Enriqueció aspectos técnicos y actualizó la dramaturgia de la historia sin dejar de respetar el argumento y estilo del ballet original. Alicia logró reforzar esa parábola que caracteriza a los ballet románticos y enfrenta un primer acto terrenal, la vida, y un segundo fantástico, la muerte. No por gusto es la versión de Alicia la que bailan hoy el Ballet de la Opera de París, de Viena y otras importantes compañías del mundo.

Son muchos los que coinciden en que la interpretación de Giselle por la Alonso marcó el destino de la obra. El eminente crítico argentino Fernando Emery resumió en una oración la relación de bailarina con el personaje: “Ella nació para que Giselle no muera”.

Un grupo de adolescentes, probablemente estudiantes de la escuela cubana de Ballet, se han sentado a mi lado en el Teatro Nacional. Juegan a identificar bailarines durante toda la función. “Esa es Sadaise”, dice uno. “No, Sadaise es más alta y no gira en esa dirección. Estoy casi seguro de que es Grettel”, le responde otro. Con diálogos similares observan toda la obra y yo sonrío al escucharlos discutir sobre la precisión de un paso u otro. Sin embargo, hay momentos en que callan y observan con los ojos bien abiertos, se dejan llevar por la magia de una función que se anuncia diferente.

Mientras tanto, una madre con su hija, visiblemente emocionadas, dejan escapar suspiros y halagos cada vez que la historia alcanza un momento cumbre. “¡Pobrecita!”, dice la madre, con ojos llorosos, cuando Viengsay se despeina, se desdobla, pierde el equilibrio y cae, en una magistral representación de la muerte de la joven campesina. Han alcanzado tal grado de conexión con Giselle, que sienten, como en las buenas obras, que no están viendo una obra miles de veces representada, sino una historia real de amor y sufrimiento.

La función de hoy se siente y se sabe distinta. Alicia Alonso, cercana a cumplir los 98 años, no está siquiera en las filas del público. Sin embargo, no hay una única Giselle sobre las tablas del Teatro Nacional, tampoco tres. Las tres primeras bailarinas del BNC alternan entre sí durante toda la presentación, pero comparten cada escena con una cuarta Giselle: la de antaño, la espiritual, la persistente, la maestra, la hechicera, la bailarina… De muchos modos Alicia Alonso regresa esta noche para bailar, una vez más, su Giselle. Buena suerte la nuestra.

(Tomado de Cubadebate)

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